Como dice Roberto Carlos, “Lo importante es que emociones yo viví”, y sí, desde que me divorcié estoy viviendo un período extraño y maravilloso, lleno de emociones.

Fui la princesa dormida bajo el hechizo maléfico. Apareció el príncipe con el beso virtual y me despertó. Lamentablemente el cuento terminó como siempre, el príncipe llega, hace lo suyo, la princesa despierta llena de felicidad y con ganas de … otras cosas…, pero… colorín colorado, éste cuento se ha acabado. No sería la primera vez que un príncipe luego  de hacer su trabajo, descubre que despertó a  “la princesa que quería vivir” y huye despavorido, es ahí cuando los bufones disfrutan del trabajo real.

En fin, luego del despertar me transformé en la Reina de Corazones y pude comprender muchas cosas, entre ellas algo que no podía entender cuando era soltera, la suerte de las divorciadas.

Recuerdo una noche, allá por 1992, más o menos,  en que veníamos cinco chicas en un auto en plena Av. del Libertador y Maure, pinchamos una goma. Era sábado a la noche, y con una tormenta terrible. Un auto con dos caballeros paró a auxiliar, y gentilmente con su teléfono nos llamaron al auxilio y se quedaron esperando hasta que éste llegara. En medio de la conversación de la espera, me preguntaron mi edad y mi estado civil, por ese entonces era veintinueve años, soltera. Los dos me miraron y me dijeron: “un consejo, no digas más que sos soltera, todos los tipos te van a huir, mejor decí que sos separada”. Sinceramente nunca pude entender la razón de ese comentario. Opté por pensar que estaban equivocados.

El tiempo pasaba y uno veía que prospectos masculinos que andaban por ahí, acababan casándose con alguna divorciada con hijos, y las chicas solteras, no podíamos comprender.

Llego mi casamiento, civil, iglesia y arroz. Nació nuestro hijo y el final, mis lectores ya lo conocen de memoria…

Recuerdo que antes de divorciarme tenía mucho miedo. La noche en que se fue mi entonces esposo lloré toda la noche, no sabía qué era lo que me esperaba. Tuve pánico, pero a la mañana siguiente, me levanté a enfrentar la vida y a prepararle la leche a mi hijo.

Comencé a vivir dando tumbos hasta que supe donde estaba parada, descubrí que era más derecha de lo que pensaba, ya que no miré alrededor hasta que días después de mi sentencia de divorcio, mi abogado me llamó y me dijo “ya estás legalmente divorciada”, y el panorama, me gustó.

Como si tuviera veinte años y mis carnes juveniles en su lugar, varios hombres se han fijado en mí, y ahora puedo ver que pertenecer al Club de las Divorciadas, tiene sus privilegios.

Tenemos la maternidad bien canalizada, o sea, no buscamos un padre para nuestro futuro hijo, puesto que ya lo tenemos con padre incluído. No buscamos desesperadamente un marido para cumplir con el mandato familiar, buscamos alguien que nos valore y que nos lleve a esos paraísos nocturnos, que teníamos olvidados en medio de tanto desgaste y tanta rutina, y con la mínima cantidad de complicaciones posibles. O sea, una divorciada no presiona, una soltera demasiado.

Me siento feliz con mi nuevo estado, y espero terminar mis días cantando el final del estribillo de la canción de Roberto Carlos:

“Si lloré o si reí, lo importante es que emociones yo viví”.

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