Me pediste que no te llame, que te escriba y te cuento la razón porque decidí no hacerlo.

No es que me quiera vanagloriar de mis atributos literarios, pero he descubierto que quienes tenemos el don de la palabra, la utilizamos como una poderosa arma.

Si quisiera que te enamores, mis palabras fluirían como un canto de sirena, te envolverían y tu único horizonte sería volver una y otra vez a mí. Si quisiera lastimarte, ellas se dirigirían como una saeta directo a tu corazón. Si quisiera alejarte se transformarían en muralla para que no llegues a mí.

Poseés el don de la imagen, tus imágenes tienen los mismos atributos que mis palabras y quien te dice que podamos hacer una comunión o retarnos a duelo, sería muy interesante. ¿Adónde llegaríamos?

Si mis escarceos fueran con otra persona que tiene el manejo del argot, sería una competencia de egos, sabrosa para el lector pero no pasaría de un desafío personal… pero hasta que no decídas empuñar tu espada de imágenes y colores, no voy a levantar la de mi pluma, sería injusto porque sólo escucharías el canto de sirenas.

Necesitarías a Orfeo para que impida que escuches mi voz, entonces… ¿qué hacemos con nuestros dones? ¿cómo seguir viviendo al límite?

Mis palabras se silencian… vos decidís que viene.

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