Hacía tiempo que no circulaba por la ciudad en transporte público de noche. Hay una realidad, Buenos Aires cambió, y no es el cambio que la mayor parte de los porteños de clase media culta de cuarenta años para arriba hubiéramos deseado.

Ya de día, el panorama no es demasiado edificante. Personas que creen que uno comparte su gusto musical, se suben al subte y nos hacen escuchar cosas que no son de nuestro agrado, y hablo de nuestro, porque apenas se escuchan los primeros sonidos ¿?, perdón de algún modo debo definir ese ruido insoportable, todos nos miramos con cara de ¿por qué tengo que aguantar ésto?

El baño ha dejado de ser un hábito entre la mayor parte de los seres que circulan por la ciudad, los hedores que uno debe soportar, son muy desagradables.

El argot utilizado por los transeúntes, deja mucho que desear.

Dejando de lado que cada vez que un hombre se levanta de un asiento en el subte, son dos mujeres las que ocupan su lugar, ya que todos tienen el bandoneón fantasma, viajar en nuestro medio más rápido (aunque ultimamente los paros y los desganos de los empleados hace que se transforme en una aventura viajar bajo tierra), se ha convertido en un calvario.

Si usted tiene la osadía de subirse a un subte un sábado después de las 20:30, no se ponga perfume, porque el olor a alcohol que expelen los pasajeros, es mucho más fuerte que la fragancia más cara que pueda comprar en Rue Saint Honoré en París, o sea, su perfume favorito va a pasar desapercibido hasta para usted misma.

Esta semana tuve que trabajar hasta tarde, por lo tanto me he subido al subte a las 21:30 hs.

Obviamente tomando los recaudos necesarios, ya que en esta Buenos Aires extraña hemos tenido que aprender a convivir con la inseguridad y los miedos, es decir, escondo el celular, la cartera muy custodiada, no usar más anillos, cadenas y todo lo que solíamos portar, la imágen de lo que se vé, es muy extraña.

Si bien somos bastante los seres que circulamos a esa hora de vuelta del trabajo, agotados esperando simplemente volver a casa, también pueblan los vagones mujeres pidiendo limosna con bebés en brazos que por esa hora deberían estar en una cama caliente, niños pidiendo que deberían estar durmiendo para ir a la escuela el día siguiente, pero los días de semana, además de las limosnas y el alcohol, reina la locura, y como una imagen vale más que mil palabras. ésto es lo que se encuentra de noche:

Este señor (el que está acostado) se subió en Leandro N. Alem. A los pocos minutos de que se tiró en el banco, introdujo su mano derecha dentro sus pantalones y con una actitud desesperante empezó a rascarse sin importarle nada. Evidentemente, debería tener una civilización ahí dentro. Cuatro estaciones después, se levantó, se puso unos auriculares, buscó en un MP3, y cuando empezó su música repartía un papel donde pedía dinero.

Esta señora puso la mano en la cabeza de su compañero, y empezó a orar. El señor recibía lo que ella le daba, muy concentrado, y a los pocos minutos ella le dijo: En cinco minutos me vas a contar, yo te saco toda la mala onda, la energía mala.

Es curiosa Buenos Aires. Yo quiero preguntarles a mis contemporáneos si alguna vez soñaron con esta ciudad tan loca y especialmente ecléctica en estos tiempos que corren.

¿Volveremos a ser la ciudad cosmopolita orgullo de los porteños?

Macri tenía razón, que se venía el cambio, pero nunca mejor que ahora, decir que otros tiempos fueron mejores.

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