Juro que no sé qué es el espíritu navideño. Si pienso en mi infancia, mi madre jamás me hizo creer en Papá Noel, y yo me ocupaba de decírle a mis primos y a mis amigas, que el viejito bueno y panzón no existía.

Por lo demás, recuerdo la mesa navideña, eterna. Íbamos a la casa de mi abuela, y todas las mujeres ayudábamos a poner la mesa, claro, era solo mi abuela la que cocinaba, y aún recuerdo esos manjares que con amor hacía Doña Carmen, mi maravillosa abuela, y para mí mi madre del corazón.

Teníamos terminantemente prohibido encender cohetes, mis padres ni siquiera discutían la decisión, pero sin embargo nos las arreglábamos para hacerlo.

Cenábamos en un clima familiar, y a las 23:45 no fallaba, los adultos se agarraban a discutir de política, a los gritos pelados. Ese era el momento en que mi hermano, mi primo y yo, salíamos sin que nadie lo notara a la calle a encender cohetes.

Nunca brindé a las 12 de la noche, siempre la pasé en la calle encendiendo fuegos y escuchando los gritos desde la casa.

Después de la medianoche, todos se iban peleados con todos, así era mi navidad.

Hoy el festejo no me seduce en nada, familias quebradas, dolores.

A pesar de todo, a mi hijo le hice creer en Papá Noel, hasta que tuvo la edad para descubrirlo.

¿Será que el espíritu navideño me invadirá en algún momento? Lo dudo, ya para el 2010 imposible, quizá el 2011 me devuelva la esperanza.

Feliz Navidad para todos.

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