Recuerdo cuando mi matrimonio estaba cuesta abajo, una de las excusas que le daba a mis amigas del por qué no quería separarme, era porque dentro de la institución las cosas no duelen, no sé si los sentimientos merman, si te da lo mismo que el otro esté o no esté, lo que si que pase lo que pase, las lágrimas no ruedan, tallan otros sentimientos, bronca, comodidad o indiferencia.

Finalmente cuando el show llegó a su fin, me prometí a mí misma no llorar por amor. En menos de un año llevo derramadas más lágrimas que las que derramé en casi 12 años de matrimonio.

Cuando estamos fuera del “sistema familiar”, todo duele, todo lastima. Todo se refleja en la frase de los poetas… “el amor, duele”. Y ¡cómo duele!

Hay dos caminos, volver al matrimonio (no al mismo ¡por Dios!) o alejarse de toda tentación de tener un sentimiento. Por otro lado, quiero sentir, quiero amar, pero hoy el amor me lastima, y quisiera no sentir éste dolor que desgarra.

Hoy quiero conservar este dolor, pero no por morbosidad, para que en algún tiempo pueda escribir lo que hoy vivo, con palabras hermosas y no torpes que vienen acompañadas de  lágrimas. Ese recuerdo será como una copia con pasión y sin dolor, ese fuego que quiero conservar de lo que hoy estoy viviendo.

Siento que este amor me va a acompañar a mi última morada, no me imagino mi vida sin él, pero quiero que deje de doler, y por alguna extraña razón, sigue ahí agazapado como un tigre presto a pegar el zarpazo.

Estoy llena de magullones, que no cierran y sangran. Quizá te apiades y lamas mis heridas para que no sangren más.

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