La reina se sentó en el lugar más más alto, miró su territorio, y había pocos habitantes.

Sus amigas cómplices estaban inmersas en sus propios problemas, no podía pedirle que le ayuden a reconstruir el reino. Su hijo el príncipe, estaba alejado de todos los asuntos del reino, el cual, tampoco parecía interesarle.

Del otro lado del río estaba él, expectante, mirando el río. Se veía preocupado. La  observaba a ella. Ella no sabía que hacer, tenía la necesidad de cruzar ese río, pero era demasiado profundo y tenía miedo de morir. El la miraba, pero ella no podía descifrar qué había en esa mirada. Reconocía el amor, pero envuelto en una nube de miedos e incertidumbre.

Ella supo que sólo podría construír su reino con esa mirada, con esa sonrisa que desde hacía más de treinta años ocupaba su corazón.

La reina se dió cuenta de que su reino no eran las tierras, su reino estaba detrás del río, en la mirada y en la sonrisa de él. Supo a través de sus ojos, que no podría reconstruír nada si ninguno de los dos cruzaba el río.

Sólo queda la espera, la espera de que el cruce el río y cuando la Reina se vuelva a encontrar en los ojos de él, saber si existe el reino posible, con el Rey de la sonrisa maravillosa.

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