A los 87 años murió en París Jorge Semprún

Cada vez que algún escritor conoce a alguien, ese otro al enterarse de nuestro oficio, nos dicen “tengo que contarte mi vida, no sabés el libro que vas a escribir”. Pero aunque todas las vidas tengan mucha importancia, Jorge Semprún vivió los horrores más grandes del Siglo XX, y aunque su vida haya estado llena de sinsabores, detestaba el final esperado, y su pluma irradiaba belleza en sus textos, que nos acompañarán por siempre.

Jorge Semprún nació en 1923 en Madrid, pero a muy corta edad, la tragedia lo visitó, con solo ocho años perdió a su madre. Luego, ante la primer guerra mundial con sus hermanos y su padre, emigraron a La Haya (Holanda) y luego a París donde su progenitor era embajador.

La vida en París, a pesar de su corta edad, no fue fácil ya que debió soportar las burlas de sus compañeros de clase por su acento español, y fue ahí que consagró sus días y sus noches en perfeccionar su francés, tanto oral como gramaticalmente, a tal punto que la mayor parte de su creación literaria, fue escrita en esa lengua.

Estudió Filosofía en La Sorbonne, y participó en la Resistencia Francesa, siendo detenido en 1943 por la Gestapo y deportado al Campo de Concentración alemán Buchenwald, donde recibió en número que jamás olvidará en toda su existencia: 44.904.

En vísperas de su último viaje a Buchenwald, el 11 de abril de 2010, para conmemorar los 65 años de la siniestra creación nazi, escribió en un artículo publicado en el diario El País, de España:

“Vengo por última vez. No estoy ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, estoy furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que ya pronto no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez por última vez, y diré lo que tenga que decir”

Navegando permanentemente entre su autobiografía y la ficción, Semprún creaba personajes inolvidables, desde los cuales denunciaba y narraba crónicas espeluznantes o vivía historias profundas. Su espíritu estaba en cada uno de esos seres fantasmagóricos que se transforman en inmortales en el papel.

En “Viviré con su nombre, moriré con el mío”, narra la historia de un joven que cambia su nombre por el de un moribundo en un campo de concentración nazi para salvar la vida, dijo en la piel de ese personaje melancólico y preciso, como si fuera una revelación de lo que sucede hoy al día siguiente de su muerte.

“Estoy seguro de que mi muerte me recordará algo”

¿Casualidades?

Jorge Semprún no corrió el trágico destino de los intelectuales en Buchenwald, ya que no figuraba como escritor, sino como estucador (albañil que hace trabajos en yeso y cola), un error, que no sabemos si fue voluntario o no, es lo que nos permitió disfrutar de sus obras.

Quizá su mejor novela, haya sido El Largo Viaje de la que compartiremos un fragmento:

” Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad.
–No te canses –dice el chico.
En el torbellino de la subida, en Compiègne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo brevemente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las aberturas, atrancada con alambre de púas. «Respirar es lo más importante, entiendes, poder respirar».
(…)
Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno. “

Entre sus obras, se encuentran además las siguientes: El desvanecimiento (1967), La segunda muerte de Sánchez (1977, premio Planeta), Aquel domingo… (1980), La algarabía (1981), La montaña blanca (1987), Netchaiev ha vuelto (1988), Ramón Mercader (1969, premio Fémina), Autobiografía de Federico Federico Sánchez se despide de ustedes (1993) y Veinte años y un día (2004). Es autor, entre otros, de los guiones cinematográficos de La guerre est finie y Stavisky para Alain Resnais, Z, La confesión y Section Spéciale para Costa-Gavras y Las rutas del sur para Joseph Losey. Son notables sus ensayos, La escritura o la vida y Adiós luz de veranos.

Párrafo aparte merece Federico Sánchez se despide de ustedes, ya que Federico Sanchez fue su nombre de guerra mientras estaba en la resistencia, y bautizado el personaje principal de esa manera, escribió un libro desgarrador contando los sinsabores que pasó el ser Ministro de Cultura de Felipe González. En la obra cuenta su vida como funcionario público mostrando al mundo las desinteligencias de los integrantes de PSOE, las miserias, las mezquindades que Semprún no toleraba.

Hombre atractivo, seductor y fascinante. Se casó en tres oportunidades y tuvo un hijo, Jaime que murió hace poco tiempo.

Pasó sus últimos días y noches en su piso en París en la rue L’Universite, donde continuaba escribiendo ensayos sobre el futuro de Europa.

Uno de sus mejores guiones de cine fue “Z”, película dirigida por Costa Gavras y protagonizada por Yves Montand fue reconocida con un Oscar de la academia como mejor película extranjera, que narraba la muerte de un diputado en un país sudamericano bajo la dictadura militar.

Quizá España no lo haya reconocido como uno de los mejores escritores, quizá esto está relacionado a que sus textos fueran en francés, pero independientemente de la lengua, fue un orgullo para los seres humanos, haber contado con la palabra y los textos de Jorge Semprún, quien padeció y narró los horrores del Siglo XX.

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