Desde hace mucho tiempo camino con una mochila cargada de anhelos y sueños de los cuales unos pocos se han realizado, y la mayoría quedaron en mi espalda como frustraciones. Si a eso le sumamos las aspiraciones y los problemas sin resolver, encontramos la respuesta a nuestras contracturas cervicales, lumbares y dorsales.

Hace un mes, aproximadamente, observé como le cambió la vida a una persona muy querida por mí, alguien que casi podría asegurar que a pesar del parentesco de sangre la siento como si hubiera un lazo espiritual especial, es mi prima, pero mi hermana de alma. De repente su vida dio un vuelco como una princesa de cuentos de hada, a lo que le pregunté: -¿qué pasó? ¡hace un mes tu vida era un desastre!- y me contó una anécdota. -Había llevado mi mamá a la oncóloga (mi tía está pasando por un momento muy difícil), y de repente la médica le dijo a ella “abandónese a los brazos de Dios” , y eso hice, dejé que Dios obre en mi vida-.

Recordé las palabras de la pastora Mirta Figueiras cuando la entrevisté en mi programa “Cóncavo y Convexo”, y más o menos ella me dijo lo siguiente: “Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, Dios sabe por qué suceden las cosas, algunas no las entendemos, pero solo él tiene una visión global de lo que va a pasar en cada una de nuestras vidas”. También recordé las palabras de un sacerdote, ya alejado de la iglesia, esos seres que Dios puso en mi camino por alguna razón, y el siempre me decía “Encomendate a Dios”.

Es difícil en personas muy ansiosas, dejar todo en manos del padre, aunque suene soberbio uno siempre cree que tiene la claridad para encontrar el camino, pero después de varias vueltas y muchos fracasos deberemos bajar del caballo y entregarle todo a Dios, al fin y al cabo, solo él sabe para dónde nuestras vidas van a ir.

Dejar ir, dejar a Dios actuar. Cuando nos aferramos a un problema o un anhelo, nuestra mente corre detrás de él, y entonces en vez de encontrar la solución, terminamos trabajando el problema, transformándose en un círculo del que se nos dificulta salir.

Ante la afirmación de la pastora Figueiras, me pregunté por qué si tenemos un destino marcado a veces las cosas nos salen mal, y ella me habló del libre albedrío que Dios nos dio, entonces si bien tenemos un destino, nuestra ansiedad, las malas elecciones y nuestras obsesiones, pueden cambiarlo de cuajo.

Dejando ir, permito que la sabiduría divina acuda a mi mente, o sea, en vez de levantar mis manos gritando porque las cosas se salen del lugar o no entran, es mejor unir las manos en una plegaria, y a través de la oración dejar que las respuestas fluyan al portal de nuestra conciencia.

Cuando nos hacemos a un lado de nuestro ego, y permitimos que la sabiduría divina fluya, liberamos la sabiduría de Dios en nosotros, y de ese modo permitimos el milagro, porque Dios tiene eso, es respetuoso de nuestros espacios, y si no abrimos el portal de la fé, de esperar con confianza que todo se realizará según sus planes, no va a suceder nada bueno para nosotros.

Hace un tiempo un anhelo ronda por mi cabeza y mi corazón, y hoy se me ocurrió pensar lo siguiente: Me imagino que una nave extraterrestre me lleva, y me deja en un planeta desconocido para mí. De repente me voy a encontrar sola, buscando simplemente mis necesidades para sobrevivir, agua, comida. Ese anhelo que da vueltas en mi cabeza, en ese planeta desconocido sería un imposible, o sea sin dolor lo dejaría de lado, pero también tengo que pensar que la imposibilidad también existe en mi aquí y ahora, y entonces… ¿por qué dejo que me traiga lágrimas y noches de insomnio?

Dejar ir… es la clave para dejar de llorar lo que no tenemos y disfrutar lo que palpamos.

El mundo no está en nuestras manos, tenemos que aceptar y disfrutar lo que Dios nos da.

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