La rutina desgastó sus zapatos cansados de pisar al mismo ritmo, uno y otro, uno y otro.

Ya nada le daría el respiro de sentir el calor de un abrazo, estaba sola, en medio de una ciudad cosmopolita, sin la esperanza de volver a despertarse con una sonrisa al lado suyo.

El frío no hacía más que recordarle que su epidermis le pedía calor, ese que los pesados abrigos no calientan.

Había llegado el momento de aprender a vivir en soledad, de hacerse amiga de esa sombra que día a día acompañaba su rutina gris y aburrida.

La noche era buena, las cobijas de su cama la abrazaban y soñaba que estaba en un mundo en el que no necesitaba un abrazo. Pero el día era el frío de una ruidosa ciudad y la soledad que helaba.

Hola, me presento, a partir de hoy serás mi nueva amiga… soledad.

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