O como ellos nos cambiaron la percepción de la realidad

Aún me recuerdo convaleciente en cama, leyendo El Principito… “por favor, dibújame un cordero”, y cuando el aviador harto de los reclamos de El Principito le dibujó una caja y le dijo: “Ahí dentro está el cordero”, me hizo acordar a mis padres, no había dulzura que los conmoviera, el tema era dar la respuesta para que nosotros nos dejáramos de molestar.

Me causa gracia ver hoy en la marquesina del cine Los Ángeles, a Nazarena Vélez y en la planta baja a una hamburguesería. Ese sitio fue la cámara de torturas de mi infancia, las películas de Disney que me hicieron llorar a morir, recuerdo mi salida del cine después de ver Bambi, el pobre cervatillo al que le matan a su madre. No fallaba, salir del cine Los Ángeles era verme con un ataque de angustia.

Esas películas aportaron a mi realidad extraña, me enseñaron que aunque mi vida sea miserable tengo que guardar la esperanza de que el príncipe me despertará con un beso, que si sos rica sos Cruella Deville que asesina a los pobres y simpáticos Dálmatas, que todas las madrastras son malas, que si un hombre nos deslumbra puede ser un delincuente, que quien nos quiere “comerme mejor” siempre es el lobo, y que las chicas somos tontas como caperucita.

Hoy me doy cuenta que mi último arquetipo ha sido el Hada Campanita, me la pasé iluminando a todos, y ahora parece que escuché que alguien no cree en las Hadas, porque mi luz se está apagando, hoy no puedo iluminar a nada y a nadie, y parece que necesito que crean en las Hadas para volver a tener luz.

Me parece que como los arquetipos ya me arruinaron la vida, creo que debo hacer algo para las próximas generaciones, escribir cuentos donde las mujeres y los hombres sean héroes y heroínas de su propia vida, que no haya príncipes salvadores ni madrastras asesinas o ricas delincuentes.

Tenemos que enseñar a nuestros niños que hay gente rica que es honesta, igual que los pobres que hay de los dos lados, que los hombres son simplemente hombres y no príncipes salvadores, que las mujeres no somos princesas, somos mujeres.

Y por qué no… contar la historia de la boda real desde ese día hasta diez años después, seguramente sería una lección digna de contar.

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