Hace más de treinta años… yo tenía diecisiete, era una chica linda que salía en revistas y trabajaba en programas de televisión.

Por ese entonces, las chicas lindas que trabajábamos como modelos, queríamos llegar a ser actrices, no existía la cosa del escándalo. Por mi parte (y muchas colegas también) estudiaba teatro, soñando el día que apareciera una oportunidad.

Empecé haciendo bolos, y la primera oportunidad de un personaje con nombre, con continuidad, me la dio Abel Santa Cruz, para interpretar a “Malena”, una mucama de barrio que estaba de novia con el pibe de la parada de diarios de “El Rafa”.

Fue un shock que me dijeran que iba a trabajar con Alberto de Mendoza, sería un equivalente a que hoy me dijeran: “Vas a trabajar con Robert De Niro”. Recuerdo que en ese momento yo decía -es como que Dios me puso la mano en la nuca y me está empujando-. Era un sueño, el actor de Filomena Marturano, El Jefe… iba a compartir un set con él. Me sentía una elegida.

Recuerdo que fui a buscar el libreto, con unos nervios impresionantes, y la primera vez que me tocó pasar letra con él, el corazón me saltaba. Primero, porque tenía fama de gruñón, y segundo, era debutar con una verdadera celebridad, ya que lo que hoy reina en la farándula vernácula, no tiene nada que ver con una monarquía estelar.

La memoria me trae imágenes increíbles. La primera vez que lo ví, me impresionó. Ese hombre que me llevaba cuarenta años, era realmente buen mozo, y no tenía nada de gruñón, Alberto de Mendoza era un gentelman, y pocas veces he visto alguien tan seguro y tan generoso como compañero, a pesar de que él era el protagonista, y yo ni siquiera una figurita.

Su generosidad era increíble. Un día estábamos grabando exteriores en la parada del diario. Lleno de gente mirando, ya que teníamos más de 50 puntos de rating. Yo estaba muy nerviosa, imaginen, escena con Alberto de Mendoza y Carlos Calvo. Ensayamos bien, otro ensayo con cámara bien, y cuando fuimos a grabar tuve una laguna y quedé en blanco. La directora, Diana Álvarez, me grita por el talk back: -Nena… ¿creés que con la carita linda hacés todo? Con la carita linda acá no hacés nada.- En ese momento sentí unas ganas de llorar terribles, me retaron, adelante del público y de las figuras. Alberto de Mendoza me miró, me dijo por lo bajo, tranquilizate, respirá, me dió fuerza y la escena finalmente salió.

Me viene a la mente una anécdota, que pinta la seguridad de ese hombre increíble. Estába grabando en estudios y no recuerdo por qué me llamaron al control. El estaba sentado, me dice -Nena, qué calor, estoy transpirando tanto que se me despega el peluquín-. Lo miro y me muestra la cabeza, que se le estaba despegando algo que no se podía llamar peluquín, era un pequeño aplique que ni se notaba. Yo quedé admirada, ¿desde cuándo una estrella iba a mostrarle tranquilo a la chica del personaje más insignificante el aplique en su cabeza? Eso muestra que era seguro de sí mismo, que esa imagen que cuando llegaba sin decirlo se escuchaba ¡”acá estoy yo”!, estaba perfectamente justificada por su seguridad.

Se fue un señor, un caballero, un excelente compañero de trabajo, y fundamentalmente un gran actor.

Un aplauso bien fuerte, así se despide a los grandes actores!!!

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