No tuvo sólo un ánfora donde guardó muchas cosas que quiso olvidar, que fueron varias, y cometió el pecado de obsequiárselas a varias personas que tenían recuerdos ahí dentro en vez de esconderlas con ella.

Esas personas lentamente van regresando del pasado con sus ánforas, y como su ausencia fue prolongada, se presentan ante ella, abren la tapa y el pasado llega repentinamente.

Es curioso como suceden cosas y se van enterrando. ¿Será que fueron tan dolorosas en su momento que elije olvidarlas? O simplemente los pocos años y la amplia conciencia le enseñaron que no podría hacer nada con eso, ni disfrutarlo, ni olvidarlo.

Nada hacía suponer que vendrían con las ánforas a presentárselas, y al abrirlas encontrarse con misterios del pasado. No pudo definir si eran los males del mundo o los bienes del mundo. Sea lo que sea, se escaparon de donde estaban guardados.

Su pensamiento la lleva a creer que había ánforas con bienes y otras con males. Que las que tenían males se disiparon por el mundo, pero al menos, ella pasó muchas décadas con ellas guardadas. Las que contenían bienes, al abrirlas se dispararon, quizá a las moradas de los Dioses y allí están, para que ellos nos las dosifiquen. Pero uno de los grandes bienes, es la esperanza,  quedará para siempre en su corazón, porque alcanzó a abrazarlo y no se lo regalará a los Dioses, es su bien más preciado.

Hay un ánfora vacía, la cual va a recibir solo un bien, el amor. Sentada con la esperanza en su corazón, tiene la certeza de que pronto alguien le va a obsequiar ese bien, y que será especialmente valorado, que quedará dentro y que solo se abrirá para compartirlo con quien lo merece.

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