Mi hijo tiene 12 años, estoy entrando al mundo de la madre de un adolescente, y realmente es un trabajo difícil.

La etapa inaugural de este evento, es la magia de echarle la culpa de todo al universo, dejando la responsabilidad propia de lado y yendo por la vida más que liviano. Los adolescentes hacen eso, así empiezan: la prueba la hicieron mal porque el maestro no lo había explicado, jamás dicen: lo siento, es mi culpa, no estudié, y así en todos los órdenes de la vida. Es duro.

El segundo paso, comenzó hoy a la mañana, cuando empezó a pontificar que yo lo “presionaba”, sencillamente porque le pido que cumpla con sus obligaciones y con algo fundamental: la higiene.

Es cansador pelearse para que se bañe, para que se cepille los dientes, para que use shampoo, jabón, desodorante y pasta dental. Así transcurre mi vida, donde a pesar de ser acusada de presionar, soy yo la presionada.

Pero la vida es presión y la sufrimos todos: ricos, pobres, clase media. El rico la sufre para mantener su fortuna, su estilo de vida. El pobre para ingeniárselas cómo va a conseguir poner el plato de comida en la mesa, y los que somos clase media, vivimos presionados para no caer en la pobreza.

Las madres divorciadas tenemos mucha presión, presión para mantener la casa, para educar a nuestros hijos, para mantener la casa limpia y ordenada, lavar la ropa, cocinar y en medio de todo intentar separar 30 minutos semanales para al menos pintarnos las uñas.

Cuando dejamos de ser niños, debemos concientizarnos que hasta el día que crucemos al otro lado, viviremos presionados.

Por eso, es maravilloso tener un romance con algo que nos apasione. A quien le guste el deporte o hacer gimnasia, que en el momento que se dedique a ello que se olvide de las presiones, si te gusta leer o cantar, intentá sentirte libre mediante tu pasión, olvidándote de la presión en los minutos que te dedicas a lo que más te guste.

Todos estamos presionados, pero la manera de soportar es apasionándote. Tu pasión es el regalo de la vida para que seas feliz.

 

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