30 años de la guerra de Malvinas. Tenía 19 años y recuerdo ese día como si fuera hoy.
Mi hermano y mi padre se reían y festejaban, yo lloraba, mucho. Fui blanco de las burlas de todos, “cagona”, me decían; me acusaban de no ser patriota, y mi respuesta era: “No se puede festejar una guerra, porque eso significa que sean del bando que sean, muchos van a morir”. Luego de eso, siguieron risas.

La televisión nos seguía diciendo: “Estamos Ganando”, y había algo que me decía que no era así.

Yo trabajaba como promotora, y en ese momento estaba haciendo una campaña de pilas Duracell, que acababan de llegar a la Argentina. Estaba apostada en un supermercado y veía con horror a la gente llenando los carros. Un día una mujer se acerca a mi stand para averiguar por las pilas, que por aquel entonces era toda una “novedad” las alcalinas, y al ver el carro lleno de fideos y arroz, tímidamente le digo: “Disculpe, ¿no tiene miedo que todo lo que lleva se le llene de  abrojos?”, me mira con cara de que estaba pensando… ésta mocosa no tiene idea de la vida, y me contesta: “Ay nena, vos sos muy jóven (ella no pasaría los 40) pero enterate, en cualquier momento van a bombardear Buenos Aires.

Charly García cantaba “No bombardeen Buenos Aires, no nos podemos defender…”. El ambiente era raro. Hacía cuatro años había pasado el mundial de fútbol, pero la sensación de la guerra era exactamente la misma. “Las 24 horas por Malvinas” fue una maratón que se hizo en ATC (la señal oficial de televisión, hoy Canal 7 La TV Pública), de la cual se juntó el equivalente a hoy un millón novecientos mil dólares, más 40 kg. de joyas, de eso nadie supo adonde fue a parar. Años después, me tocó trabajar con el Director de Cámaras que trabajó en la maratón, y le pregunté quién se llevaba el dinero, y me dijo que había un civil que cada hora se llevaba lo recaudado, no sabía su nombre.

Lo increíble es que la gente festejaba, se volvía loca, la mayor parte de la población sufría de patriotismo instantáneo, pero nadie se preguntaba qué pasaba en realidad.

Mi tía que vive en Colombia, recuerdo que llamó a mi casa y habló con su hermano, mi papá. Ella estaba preocupada porque las noticias sobre Argentina en Colombia eran alarmantes. Mi padre, hombre de los medios, locutor le decía riéndose: “Noemí, es propaganda británica” y luego de esa frase, pasaba a relatarle las proezas de los argentinos, diciendo que los aviadores los tenían locos a los ingleses.

Decían que el príncipe Edward, hermano de Charles, vendría a combatir, todos se llenaban la boca gritando… “Al principito le vamos a romp.. el cu..”

Me sentía una estúpida observando la guerra, parecía la única imbécil que estaba triste, pensando si algunos de mis compañeros de colegio habrían ido, porque soy clase 62.

El pueblo seguía celebrando, hasta que hundieron el Gral. Belgrano. La alegría se atomizó, y lentamente nos empezamos a dar cuenta, la guerra no era el mundial de fútbol.

Al día siguiente del hundimiento del Belgrano, mi padre llamó a sus contactos y consiguió que le tramiten el pasaporte a mi hermano. Acto seguido mi padre llamó a mi tía Noemí, diciéndole que si convocaban otras clases, antes de que llamen a la 59 (la que pertenece mi hermano) lo iba a mandar a Colombia.

Tuve mucha furia, la guerra valía la pena si la peleaban otros, el patriotismo era tan instantáneo que rápidamente se licuó.

Ese 1982 fue uno de los años más tristes de mi vida. Tenía amigos que fueron combatientes, pero después de la guerra, quienes volvieron eran otros no ellos.

Hoy simplemente debemos homenajear a los soldados, a los suboficiales y oficiales que dieron la vida por un patriotismo instantáneo, que viene en un frasco muy peligroso, demasiado atractivo para líderes políticos que están cayendo en franca decadencia.

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