La rutina ahogaba cada vez más su alma. Despertar, desayunar, bañarse, cepillarse los dientes y ahí comenzaba el día, cada uno igual al otro. Era tan desgastante que el despertar era un dolor sin esperanza de cura.

Ese día decidió que iba a ser diferente, que lo viviría automatizada y que en cambio su realidad iba a estar en los recuerdos, de esa noche en aquel hotel donde por última vez se habían amado. Bajo la luz de aquel velador, compartiendo una comida y un champagne.

La vida le había dado lo que pidió, años rogando por una última noche juntos, y fue lo más maravilloso de su vida. Hicieron planes a futuro, pero a pesar que ella aportaba sus ideas y sus esperanzas, secretamente en su corazón sabía que ese momento debía atesorarlo como lo que fue luego, un sueño. La realidad, como si fuera Cenicienta, se desdibujó en unos cuantos mails para nunca más saber de él.

Pero le quedó el sueño, ese maravilloso sueño al que se abraza cada vez que se siente morir, cada vez que quiere mirar adelante y solo ve nubes negras. En las pieles de los dos enredadas, tan perfectas que formaban la sinfonía más hermosa, en su perfume, en su mirada celeste como ese cielo que nunca más vio en nadie.

Es hermoso detenerse en ese momento, y triste saber que ella está vacía sin él, que su existencia será solo caminar con la mochila de recuerdos, esos que la rescatan de esa rutina gris.

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