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Ayer por la tarde observé una situación que en principio no podía entenderla, y en el momento elucubré diferentes posibilidades intentando justificar mis teorías simples disfrazadas de complejas.
Estaba trabajando y nuestra jefa adicta a subestimar, dijo algo fuera de lugar. Inmediatamente ví como le había arruinado el día a una compañera, mientras que para mí fue como escuchar un saludo.
Primero pensé que yo era un iceberg, y luego que tenía un baño de aceite, la verdad es que no podía entender cómo las palabras podían mellar el alma de unos y pasar sin prisa ni pausa en la de otros.
Seguí pensando, hasta que por la noche hablé con alguien que está en su etapa pos divorcio, esa en la que nos sentimos mejor que al año siguiente, y me dijo “enterré el pasado” y ese fue el momento en que entendí lo que había pasado durante el día.
La sensación de “enterrar el pasado” es maravillosa, pero poco tiene que ver con la realidad. Al pasado hay que liberarlo, pero lo que no sabemos es que es autónomo, vuelve sin que lo invitemos, a veces a través de una palabra que lastima cuando llega para herir, o algo por lo que sentíamos añoranzas y de repente nos da la felicidad de golpearnos la puerta.
Creo que en vez de “enterrar al pasado” hay que amigarse con él y dejar las heridas cerradas. El secreto es que se entierra lo que está muerto, y el pasado no muere, es el que construyó nuestro presente y quien será parte del futuro.
Recordemos al pasado con una sonrisa, de esa manera si decide volvernos a visitar no se de el lujo de arruinarnos el día.

Patricia Sierra, desde Buenos Aires, República Argentina

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