Me acabo de mudar y todo es confuso, en la locura de descartar cosas y guardar, lo más doloroso es encontrarse con los escritos, no los publicados, los pedazos de alma que rondan en una servilleta, en un cuaderno olvidado o en una agenda de varios años atrás.

Mientras leo lo que voy a tirar, me dí cuenta de que siempre le escribimos al amor, a su presencia o a su ausencia.

El amor… eso que nos hace reír o llorar, dar y recibir, vivir en el cielo o en el infierno.

La parte más repetida de la Biblia probablemente sea Corintios XIII: Fe, Amor y Caridad, diciendo que todo es necesario, pero que si no tengo amor, nada soy.

El amor es todo, si estamos bien con él no importa que haya problemas, todo se encara de la mejor manera. Pero si está ausente, la vida se convierte en una pendiente sin fin.

Se ama de diferentes maneras. En mis manuscritos, descubrí que en la vida hay amores muy distintos, pero en la mía en particular (y sospecho que en la de todos) además de esos amores lindos y plenos, hay AMORES con mayúscula.

Tuve tres grandes amores, el primero con quien estuve muchos años, me definió como mujer, fue mi Profesor Higgins (personaje de My Fair Lady quien enseña modales a Eliza Doolittle y la transforma en una bella mujer). El segundo, la más bella historia de amor jamás contada. Y el tercero… no sé, de ese prefiero no hablar pero fue un gran amor.

Uno cree que cuando se está perdiendo el amor la muerte está cerca. La realidad es el sentimiento de que te parte un rayo, que simplemente se te quiebra el alma. La desesperación es grande por perder la mitad. La realidad es que se sigue, rengueando un tiempo y luego caminamos derechos llevando siempre en el alma la nostalgia permanente de ese amor que no pudo ser, pero como el león lastimado que se lambe la herida y tiene miedo de que alguien se le acerque.

Con mis dos primeros amores, me quedó un recuerdo maravilloso, porque pude comprender por qué no fue, pero el último duele porque hasta el día de hoy no lo entendí.

Los grandes poetas le cantaron al amor. Pienso que uno de los mejores fue Tom Jobim, con sus palabras te llegaba a la herida aunque te hubieras agazapado sin dejar entrar a nadie más. Jobim me enseñó por que duele el amor.

Nadie sabe en qué parte del cerebro se encuentra. El amor no se puede cosificar, no se puede tomar una pastilla o apretar un botón para olvidarse del ser amado. No hay remedio para la pena de amor. Y si creen que solo se muere de amor en las novelas, no es así. A veces un amor tan grande une a dos personas que cuando uno se muere el otro se abandona a los brazos de la muerte en la esperanza de que lo lleve al lado de su ser amado.

Y en éste “Sentimental Mood”, leí por algún lado que Duke Ellington compuso esa hermosa pieza “In a Sentimental Mood” en el transcurso de una fiesta. Cuentan que mientras tocaba el piano, varios asistentes a la reunión comenzaron a pelear, Duke no dejó de tocar, y mientras gritaban él buscó los mejores sonidos suaves y amables que tranquilizaran los ánimos de los contendientes. Si logró apaciguarlos o si ésta historia está más cerca de la ficción a la realidad, carece de importancia porque en cualquier caso lo que nos dejó es una de las más bellas canciones de amor, mil veces versionada por los grandes del Jazz.

Y ahora… los dejo con la vos de Sarah Vaughan… “In a Sentimental Mood”

 

 

Anuncios