Desconozco los sueños de las mujeres de estos tiempos, pero los de las que formamos parte de la generación de los ’60 además de crecer profesionalmente, la mayor parte de nosotras nunca veríamos nuestra vida realizada si no nos conectábamos con la maternidad. Es así que hoy miro con orgullo que los hijos de mis amigas son ejemplos de gente talentosa, responsable y educada además de ser seres maravillosos, al igual que mi hijo que es lo mejor que hice en mi vida.
A las chicas de los ’60 no nos tocaron tiempos fáciles para desarrollarnos, fuimos hijas de una generación de padres que trabajaban duramente pero en secreto tenían sueños de libertad y de madres que en su mayoría habían tenido hijos como un mandato familiar, ahogadas por la rutina se miraban al espejo y levantaban sus polleras como Mary Quant lo decretó. Ahí estábamos nosotros, “molestando” de un lado y de otro, pero tuvimos un refugio, nuestros abuelos, que eran personas maravillosas que no necesitaban ocultar su edad, lucían sus cabellos blancos con orgullo, nos enseñaron a ser padres y a conectarse con mimos en la cabeza hasta dormirnos felices sabiendo que éramos amados.
Transitamos la adolescencia bajo el dedo acusador de nuestros padres y la mirada comprensiva de nuestros abuelos. Nos desarrollamos profesionalmente y luego buscamos al “amor” para formar esa familia que nunca tuvimos que fue suplantada por los abuelos.
A veces las familias emparchadas sirven para superar el momento, pero a futuro no son buenas. ¿Por qué? Porque quienes influyen en nuestras elecciones no son quienes nos colmaron de amor para tapar las grietas de una familia disfuncional.
Las chicas de los ’60 nos casamos, hemos tenido hijos maravillosos, pero no hemos tenido suerte en la elección del compañero, porque quien teje la red de nuestras elecciones es nuestra familia primaria, papá y mamá.
Hoy todo es confuso, nuestros hijos fueron criados por nosotras que nos transformamos en amazonas para ser padre y madre. Ya no hay parejas de abuelos maravillosos porque esos abuelos fueron nuestros padres que gran parte de ellos ya no están producto del stress o de los excesos y los que quedan si no se responsabilizaron por sus hijos, mucho menos por sus nietos.
Los padres que las chicas de los ’60 hemos elegido para nuestros hijos entendieron que al divorciarse de nosotras también lo hicieron de sus hijos, y sin ninguna tristeza pasan, con suerte, a ejercer su rol una hora a la semana.
Temo por el futuro emocional de nuestros hijos. Los padres creen que una vez divorciados vuelven a la soltería, y muchas mujeres que andan con la caña de pescar se vuelven grandes manipuladoras. Hace poco en una reunión un hombre comentó que si hoy tienen todos los dientes y trabajo se transforman en la pieza más preciada para la cazadora. Y ahí estamos nosotras, las que en vez de ser cazadoras somos protectoras sufriendo.
Las solteras no son manipuladoras, pero hay un ejército de divorciadas o viudas que no dudan en usar a sus polluelos para manipular, se ponen en personaje de “mi hijo tiene a su papá muerto” y el caballero en cuestión que ante la nueva conquista se calza el personaje de Súperman, se pone a proteger a hijos de otro olvidándose de los propios. Peor aún, es el caso de las divorciadas que lo convencen de críticar al señor que hace lo mismo que él. No importa el ejército de cazadoras tiene otro trofeo para cargar las bolsas del supermercado.
Y acá estamos las protectoras, que además de ser madre, padre, chofer, dama de compañía, profesora, psicóloga, cocinera, lavandera, planchadora, comediante, contenedora, consejera, proveedora y todos los roles que se necesiten, como cargamos solitas las bolsas del supermercado por lo tanto no precisamos trofeo para exhibir, nos hemos olvidado de ser mujer, por tres razones: por obligación (falta de tiempo), por elección (amamos ser madres) y por detestar el rol de manipuladora. A todo esto, hay que sumar que rezamos que el padre de nuestro hijo no se encuentre en un romance con una manipuladora pero contra ellas venimos perdiendo por afano.
Temo por el futuro de nuestros hijos, serán buenas personas pero indefectiblemente víctimas de una sociedad manipuladora
Hay padres maravillosos, sé de varios casos, pero no son mayoría.
Me gustaría apelar al corazón de todos, si el amor emergiera la manipulación no sería necesaria, pero antes de la manipulación está el egoísmo.
Criemos a conciencia a nuestros hijos, si ellos tienen la cabeza y el corazón sanos podrán crear un mundo mejor porque este ya está demasiado contaminado

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