Hace seis años que estoy separada, y es cosa seria, ya que uno cree que la vida es generosa con quienes hemos tomado las riendas de nuestra familia.

La separación es dura, el duelo se hace mientras uno convive con la pareja. Cuando finalmente se toma la decisión, una adelgaza, se pone divina y por lo general encontrás a alguien para compartir la fiesta de hormonas que tiene tu cuerpo.

Un tiempo después, caés en la cuenta que no hay nadie siquiera para decirte algo fuera de lugar, el ser humano es tan particular, que terminamos extrañando hasta los momentos desagradables.

Hoy alguien me cuenta que el marido le dice las cosas que usualmente repiten: “tengo hambre”, “está la comida”, quejas, quejas y más quejas. En ese momento solo dije “tengo la suerte de no estar casada”.

No comparto el control remoto ni las decisiones de la casa, a veces ante la elección de vacaciones o de comida, participo a mi hijo, pero quien baja el martillo soy yo misma.

Me acuesto a la hora que quiero bajo mi responsabilidad, a veces voy a trabajar habiendo dormido solo 3 horas porque me quedé viendo una película. Otras, puedo quedarme hablando con una amiga por teléfono hasta la hora que quiera, o posteando cosas sin sentido en Facebook, pero saben qué, algunos días se siente la necesidad de que alguien te pregunte “qué hay de comer”.

Legalmente sigo casada, el trámite de divorcio no se terminó, y aún estoy casada en otro país, en el cual no hay ni siquiera una presentación para divorciarme. En este híbrido que vivo, mi mente no sabe donde está parada.

Después de tantos años de soledad, y con muchos años por delante de seguir con ella de compañera, me planteo de que deberíamos practicar el maravilloso deporte llamado tolerancia, porque después de todo… no es bueno que el hombre esté solo.

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